El sector de la construcción atraviesa una etapa de profunda transformación contractual. En un entorno marcado por la inflación persistente, la volatilidad de los precios de materiales, la escasez de mano de obra y mayores restricciones financieras, los contratos de construcción están dejando de ser documentos rígidos para convertirse en instrumentos dinámicos de gestión del riesgo. Lo que antes se firmaba con supuestos relativamente estables, hoy debe adaptarse a escenarios cambiantes e impredecibles. Esta nueva realidad está obligando a desarrolladores, constructoras, inversionistas y entidades públicas a replantear la forma en que se asignan responsabilidades, se distribuyen riesgos y se protegen los márgenes de los proyectos.
Durante años, muchos proyectos se estructuraron bajo esquemas contractuales poco flexibles, con precios cerrados y cronogramas ajustados. Sin embargo, el actual contexto económico ha demostrado que estos modelos pueden convertirse en una fuente de conflictos y pérdidas.
Factores como:
Alzas abruptas en el precio del acero, cemento y energía
Retrasos en la cadena de suministro
Cambios regulatorios y normativos
Incremento de tasas de interés y costos financieros
han evidenciado que los contratos tradicionales no siempre reflejan la realidad operativa del sector, exponiendo a las partes a riesgos que antes no se contemplaban.
Hoy, los contratos de construcción ya no se limitan a definir alcances y precios. Cada vez más, se diseñan como mecanismos de prevención, control y reparto de riesgos, buscando evitar disputas y garantizar la continuidad de los proyectos.
Entre los cambios más relevantes se encuentran:
Cláusulas de reajuste de precios más claras y frecuentes
Mecanismos de revisión de cronogramas ante eventos imprevistos
Definición más precisa de responsabilidades entre las partes
Mayor énfasis en la documentación y trazabilidad de cambios
Este enfoque reconoce que la incertidumbre no es una excepción, sino una condición permanente del mercado actual.
Uno de los cambios más visibles es la mayor inclusión de cláusulas de reajuste de precios. En un escenario de alta volatilidad, los contratos sin mecanismos de actualización se han vuelto financieramente insostenibles.
Hoy se observa:
Mayor uso de fórmulas polinómicas
Ajustes vinculados a índices oficiales de precios
Revisión periódica de costos críticos
Lejos de ser una señal de debilidad, estos mecanismos buscan preservar la viabilidad económica del proyecto y reducir el riesgo de paralizaciones o incumplimientos.
Los plazos contractuales también están siendo revisados. La experiencia reciente ha demostrado que los retrasos no siempre obedecen a fallas de ejecución, sino a factores externos fuera del control directo de las empresas.
Por ello, los nuevos contratos incorporan:
Mayor claridad en las causas justificadas de ampliación de plazo
Procedimientos formales para la reprogramación de obras
Penalidades más equilibradas y realistas
El objetivo es evitar conflictos innecesarios y mantener el proyecto en marcha, incluso ante escenarios adversos.
La mayor complejidad contractual también ha incrementado la importancia de una gestión contractual activa. Contratos mal interpretados o mal administrados pueden convertirse rápidamente en disputas legales costosas.
Entre los riesgos más frecuentes se encuentran:
Ambigüedades en los alcances del contrato
Falta de documentación de cambios y adicionales
Desalineación entre lo contractual y lo operativo
Escasa coordinación entre áreas técnicas, legales y financieras
En este contexto, la gestión contractual deja de ser un asunto exclusivamente legal y pasa a ser una función estratégica del proyecto.
Ante este nuevo escenario, muchas empresas están invirtiendo en fortalecer sus equipos de gestión contractual, integrando perfiles técnicos, legales y financieros desde las primeras etapas del proyecto.
Esta profesionalización permite:
Identificar riesgos contractuales de forma temprana
Mejorar la toma de decisiones
Reducir controversias y reclamos
Aumentar la transparencia frente a inversionistas y financiadores
La correcta administración del contrato se convierte así en un factor clave de éxito.
Una de las tendencias más relevantes es el avance hacia modelos contractuales más colaborativos, donde las partes buscan compartir riesgos y beneficios en lugar de trasladarlos unilateralmente.
Este cambio responde a una realidad evidente: en un entorno altamente incierto, la cooperación resulta más eficiente que el conflicto. Los proyectos que logran alinear intereses tienen mayores probabilidades de completarse dentro de plazos y presupuestos razonables.
La incertidumbre ha dejado de ser una excepción para convertirse en la norma. En este nuevo escenario, los contratos de construcción ya no pueden ser documentos estáticos, sino herramientas vivas que acompañen la evolución del proyecto.
Las empresas que comprendan este cambio y adapten sus prácticas contractuales estarán mejor preparadas para enfrentar los desafíos del mercado, reducir riesgos y garantizar la sostenibilidad de sus proyectos.
En tiempos de incertidumbre, la solidez de una obra no solo se mide en concreto y acero, sino también en la calidad de sus contratos y en la capacidad de gestionarlos eficazmente.